Del cómo llegó a mi vida M
Julio,
mes de nuestro primer acercamiento inconsciente. No recuerdo precisamente el
día en que recibí su notificación, vía electrónica, de amistad en Facebook. Más
o menos era un jueves o un viernes, lo recuerdo de esa forma ya que durante
esos días estaba muy entusiasmado por el proyecto literario de un amigo para
echar a andar una Revista para estudiantes de nuestra Facultad (en realidad,
sin poner muchos adornos, por una pequeña fiesta que iba a organizar una semana
después y de la cual quería tener la oportunidad de convivir con este amigo y
sus experiencias a viva voz).
Llegué a observar, con detenimiento, su capacidad de
crítica (impresionante para los temas que me gustan) en los comentarios que
realizaban la mayoría de los chicos de la Revista en un grupo en Facebook.
Tengo la imagen, muy presente y viva, de aquella relectura que efectué al leer
un comentario que realizó sobre Sheridan y Paz respecto del papel individual y
social en equis tema (para no agrandar más esta trama). Me impresioné mucho, quedé
anonadado. Bien, recordando el dulce meollo electrónico, recibí una solicitud
de amistad por parte de ella. Casualidad, destino, qué carajos. La acepté e inmediatamente actué. ¿Por qué no? No
todos los días, en mi caso, recibo tan agraciada invitación femenina para hacer
amigos y más del género bello-agraciado. Así fue como decidí tomar valor y
escribirle un “Buenos días”. Las palabras llegaron para un encuentro, del cual,
la mayoría de ellas no tenían formal invitación de consolidar algo. Simple y llanamente,
quería conocer a una persona con excelente reputación (dos de mis amigos, de la
Revista, me habían dado magníficas recomendaciones de su bagaje mas no de su
excepcional belleza humana).
Los días pasaron como los ocasos del verano de ese
mes. Paso, paso, paso. La curiosidad tuvo su paso. Empecé a conocer de ella,
poco a poco. Su ambiente literario, sus gustos, sus peculiaridades, su
personalidad. Todo ello, fue redondeándose. Cada una de sus minúsculas
cosillas, minimizando con cariño ya que le recuerda mi sentido del humor, me
fueron gustando. Compatibilidad, identidad, cosas en común, qué más da. Los detalles fueron
incrementándose y cada vez les prestaba más atención. Mi vista frente al
computador, en un principio, era diferente (yo lo sé). Cierta ocasión, antes
del ingreso formal a clases en Derecho, le llamé un sábado para saber qué hacía
(más bien, qué sentía respecto de un nuevo semestre escolar). “Estuches” fue la
palabra para ese día. “Lapicera”, “mochila”, “rojo”, “amarillo”, “Ochoa”, “Comercio
Exterior” fueron otras más durante el recorrido de esa tarde, en la que me
percaté (curiosamente) que me gustaba más escucharla.
Lunes,
día de nuestro primer acercamiento físico. 08:30 de la mañana, listo para
ingresar al salón de clases. Un poco retrasado, en cuanto me percaté que el
maestro estaba dentro de (tuve una ligera distracción con viejos amigos). He
ahí. Su mirada, única. Sus ojos y labios, demasiado expresivos y hermosos para
mi gusto. Su cabello “azulado oscuro” que, desde lejos, se observaba “negro” y
“radiante”. Sus mejillas, dos poros con textura suave y medio sonrojados. Su vestimenta, dada mi mediocre remembranza,
entre rojizo y morado con motivos "floreados". Su presencia, entre dos caballeros y entre
un grupo de compañeros y, principalmente, ante mí. Dado el retraso
inoportuno de mi parte, en clase, decidí sentarme en la parte trasera
(penúltima) del salón.
Oyente, ese es el calificativo con el
que la mayoría de mis semestres defino mi vocación estudiantil. “Oyente,
presente” grito suave con el que me presenté a mi antiguo maestro de
constitucional. En cierta medida y en determinada forma, ella emprendió un
grito semejante. Me sentí a gusto, allí empecé a imaginar un mundo. Las cosas
se iban relacionando. El maestro, terminando de pasar la lista semi oficial de
alumnos inscritos, comenzó a recitar su discurso vital. “Éxito”, “bienestar”,
“felicidad”, “democracia”, fueron los términos que definieron mi día en esa
clase, de nueva cuenta (como lo fueron, hace dos años).
Ese día concluyó en un saludo formal,
un saludo que sólo me daba pauta para un cariño específico: ser amigo. Sabía particularmente desde ese evento esta condición. "Ella tiene novio, no era digno de ella" esta frase me la
repliqué durante esas dos primeras semanas, unas mil veces. "No puede
ser" fue otra frase que concretaba mi lugar en su vida…

